La historiografía crítica ha denunciado, de forma justa y profusa, el rol civilizatorio y violento de la Iglesia Católica durante la ocupación militar del Estado chileno.
Sin embargo, al analizar la posterior «explosión pentecostal» de mediados del siglo XX, cierta sociología romántica tendió a justificar el fenómeno.
Se argumentó que el culto evangélico, al carecer de liturgias rígidas y apelar al trance y al «don de la palabra», ofreció una apropiación cultural horizontal para el pueblo mapuche.
Pero la realidad en el territorio rural y urbano dista mucho de esa lectura complaciente: el pentecostalismo no fue un refugio neutro, sino una segunda ola de colonización espiritual que impuso el altar de oración frente al rewe, fracturando el tejido comunitario desde su raíz mediante dispositivos de violencia epistémica y endoculturación forzada.
Para comprender la magnitud de este desgarro, es necesario desplazar la mirada ingenua del sincretismo pacífico y analizar el fenómeno a través de las categorías analíticas de las ciencias sociales contemporáneas.
El origen: El canje del despojo por la «salvación» bajo la hegemonía subalterna.
El tránsito masivo del catolicismo impuesto al fervor evangélico a mediados del siglo XX no ocurrió en el vacío.
Se dio en un escenario de profunda pauperización, arrinconamiento en reducciones y discriminación estructural tras la Ocupación de la Araucanía.
En este contexto post-traumático, operó lo que Antonio Gramsci denominó hegemonía, un proceso donde las clases dominantes, o las estructuras coloniales, logran el consentimiento de los subordinados no solo por la fuerza, sino a través de la cultura y la ideología.
Allí donde el Estado chileno ofrecía desprecio y la Iglesia Católica una rigidez jerárquica aliada al latifundio, los pastores protestantes, muchos de ellos mestizos o indígenas conversos, ofrecieron una comunidad de soporte y una vía de escape al estigma racializado.
Sin embargo, este aparente refugio funcionó bajo la lógica de la asimilación cultural asimétrica.
El precio de entrada a esta nueva hermandad exigía una renuncia ontológica drástica.
La retórica pentecostal introdujo una dicotomía radical e inflexible que el antropólogo Frantz Fanon describiría como la compartimentación maniquea del mundo colonial: lo cristiano se codificó como lo sagrado e iluminado; lo mapuche fue empujado a la categoría de lo profano, lo demoníaco y lo salvaje.
Las ceremonias ancestrales como el ngillatun, la medicina de la machi y el respeto a los ngen (espíritus de la naturaleza) sufrieron un proceso de transculturación destructiva.
No fueron simplemente ignoradas, sino resignificadas de forma negativa bajo la etiqueta de «pecados de brujería» y lazos satánicos. La conversión, por tanto, no supuso una emancipación del subalterno, sino una forma de alienación social: el individuo interiorizó la mirada del opresor, auto-reprimiendo su propia identidad y memoria histórica para encajar en el canon del «hermano» redimido.
El cotidiano actual:
Etnocidio simbólico y la guerra de los altares
En la vida cotidiana de las comunidades actuales, esta herencia colonial se traduce en una sorda y dolorosa guerra civil espiritual que desarticula el habitus (el sistema de disposiciones y prácticas internalizadas) del mundo mapuche.
El daño ya no se ejerce mediante decretos estatales o misiones extranjeras de orden vertical; se ejecuta mediante una colonización interna donde los propios miembros del grupo familiar se transforman en agentes de control social del otro.
Dimensión de Conflicto Práctica Ancestral Mapuche vs Imposición Pentecostal Cotidiana Categoría Sociológica Aplicada.
Espacio Sagrado: El rewe como eje de conexión con el cosmos y la comunidad vs el altar de la iglesia o el templo local como único espacio legítimo.
Desterritorialización Simbólica:
Pérdida del anclaje espacial con la tierra sagrada.
Salud y Sanación
La machi como puente de equilibrio físico y espiritual vs la condena a la machi, tildada de hechicera vs la sustitución por la oración de sanidad divina.
Monopolio de la Violencia Epistémica:
Destrucción y deslegitimación de los sistemas médicos locales.
Liderazgo Respeto a las autoridades tradicionales (lonko, machi, werken) vs Obediencia ciega al Pastor, investido de una autoridad teocrática incuestionable.
Desestructuración Política: Reemplazo de las autoridades de parentesco por jerarquías burocrático-religiosas.
Cohesión Comunal Participación colectiva en el ngillatun para el bienestar común vs Prohibición a los conversos de asistir a ritos tradicionales, quebrando la unidad del lof.
Anomia Social y Fractura del Capital Social: Destrucción de la solidaridad orgánica y comunitaria.
Esta dinámica genera situaciones de profunda anomia y desgarro en el día a día. Familias divididas donde los hijos conversos se niegan a despedir a sus ancianos bajo las costumbres del eltun (rito fúnebre tradicional), rechazando el amulpüllü (guía del espíritu) bajo el argumento de que son «ritos paganos».
Este rechazo constituye un acto flagrante de aculturación forzada autoinfligida, donde se interrumpe la transmisión intergeneracional de la memoria colectiva.
En muchas comunas rurales, el paisaje sonoro original es colonizado acústicamente: el sonido del kullkull o el kultrung es ahogado por los parlantes de templos de madera de alta potencia.
Estos espacios claman por la sumisión a un Dios semita y lejano, exigiendo a cambio la erradicación de los tótems y referentes sagrados de la tierra.
Conclusión:
Un colonialismo de rostro hermano
Minimizar el impacto del protestantismo bajo la premisa de que «el mapuche adaptó el culto a su estilo y oralidad» es una ceguera teórica que ignora los mecanismos de la violencia simbólica teorizada por Pierre Bourdieu.
El pentecostalismo operó y opera, como un dispositivo de dominación sumamente eficiente porque coloniza las mentes desde la intimidad del afecto, la culpa y la promesa de salvación individualista, valores ajenos a la matriz comunitaria del admapu.
Al erigir un altar de oración frente al rewe, el evangelismo chileno no liberó al sujeto subalterno del trauma de la ocupación; por el contrario, continuó y profundizó la tarea que la pólvora del ejército y la sotana católica dejaron inconclusa: desterrar al mapuche de su propia cosmogonía y ontología para volverlo un sujeto sumiso, dócil al orden económico transnacional, funcional al desarraigo territorial y alienado de su propia historia.



Bibliografía y Antecedentes:
Kimches Mapuche.
Año 1930 :
«Vida y costumbres de los indígenas araucanos en la segunda mitad del siglo XIX» (conocido hoy popularmente en sus reediciones como Testimonio de un cacique mapuche).
Autor: Lonko Pascual Coña, cuyo testimonio biográfico y cultural fue dictado en mapudungun.
Compilador/Traductor: El sacerdote capuchino Ernesto Wilhelm de Moesbach, quien registró y ordenó el texto de manera bilingüe.
Rolf Foerster – Introducción al pentecostalismo mapuche?(1989)
Rodrigo Moulian – Metamorfosis Ritual.
Desde el Nguillatun al Culto Pentecostal (2012)
Ana Guevara – Entre el pastor evangélico y el dirigente indígena (2010)
Christian Lalive d’Epinay – El refugio de las masas: estudio sociológico del protestantismo chileno (1968)
Juan Sepúlveda – De la herencia sagrada a la opción de la fe: el pentecostalismo chileno (1999)
José Bengoa – Historia del pueblo mapuche: Siglos XIX y XX (1985)
Fernando Pairican – Malon: La rebelión del movimiento mapuche, 1990-2013 (2014)
Juan Carlos Radovich – El pentecostalismo entre los mapuches (1992)
Por: Roberto Oyarzún Susñar.
Observador internacional Terre et Liberté pour l’Arauco (Francia) /
Sozialer Kulturverein Dortmund Nord e.V (Alemania) / Offenes Zentrum (Alemania)

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