Primavera Rebelde y el Movimiento por la Dignidad

Ha sido la fuerza colectiva demostrada por las y los estudiantes secundarias/os, al evadir los accesos de entrada al Metro de Santiago en la jornada del 18 de octubre del 2019, la que ha desatado la protesta y desobediencia social en todo el territorio dominado por el Estado Chileno, abriendo la posibilidad de disentir con el orden impuesto durante la dictadura cívico-militar de Pinochet, luego consolidada por los gobiernos democráticos, cuya clase política se ha dedicado estos últimos 30 años a la gestión del modelo neoliberal, que privatiza, saquea y devasta cuerpos y territorios desde una lógica extractivista, al mismo tiempo que profundizar la violencia estructural del sistema. La Constitución Política de 1980, así como una serie decretos supremos y/o decretos ley, constituyen el anclaje jurídico normativo de este modelo, en tanto instrumentos dictatoriales que facilitan la privatización de los diversos ámbitos de la vida; además de garantizar –junto al Poder Judicial- impunidad a la violación de Derechos Humanos ejercida por las Fuerzas Armadas, brindando de soporte logístico a la clase política en su conjunto.

Hoy en día, este modelo tiene a casi tres cuartas partes de la población endeudada con algún crédito que se lleva el salario mensual para cubrir salud, vivienda, educación y seguridad social. Chile es un país donde miles de adultos mayores reciben pensiones miserables, que les obligan a seguir trabajando luego de jubilar o les empujan al suicidio, y donde la desigualdad es tal que cada sanción que reciben los grupos económicos poderosos es una burla: clases de ética, imposibilidad de ejercer cargos, entre otras.

La experiencia de las movilizaciones estudiantiles (2006, 2008, 2011…), así como las luchas en defensa de los territorios y el despliegue del movimiento feminista, han ido enhebrando el tejido social devastado por la dictadura, organizándose desde fuera de los márgenes de la política institucional, a través de asambleas, coordinadoras autónomas, recuperación de terrenos y en el ejercicio de la acción directa. Tácticas ante las cuales el Estado Neoliberal asume una modalidad criminalizadora y punitiva.

Se trata de la misma lógica represiva con que el Estado ha tratado históricamente a los pueblos indígenas, especialmente al mapuche, cuyos territorios han sido militarizados, siendo asesinados comuneros mapuches y activistas. Situación extensiva –en menor o mayor medida- a las llamadas “zonas de sacrifico” (Quintero, Freirina, Mejillones, entre otras), donde las industrias saquean los recursos y vierten las externalidades, con graves consecuencias ambientales y a la salud de quienes habitan estos territorios.

Quienes han salido a las calles durante estos meses, cargan también las demandas de generaciones anteriores; algunos/as somos hijas o nietos de víctimas de la dictadura, pobladores desplazados y migrantes que vinieron en busca de un pasar mejor. No estamos ante una población homogénea ni concentrada en Santiago. Lo anterior, ha marcado dos cuestiones que son relevantes, a saber, el carácter de espontáneo y su configuración acéfala. Al no existir interlocutor conocido, los procesos de diálogo de viejo cuño no se logran y las demandas desbordan los petitorios ciudadanos. Aun cuando distintas organizaciones se han articulado en un conglomerado llamado “Unidad Social”, este tampoco es un referente legítimo, ya que responde a la misma forma de hacer política manejada por dirigencias de partidos.

La violencia estructural ya no puede ser contenida con reformas y políticas sociales. No se trata esta vez de quienes administran el modelo, sino más bien del modelo en sí mismo, que en su lógica depredadora –de vidas y territorios- implica una enorme desigualdad. Ante él, y de manera antagónica, se gesta la regeneración de una comunidad de lucha que se construye día a día despreciando los fundamentos del capitalismo. La potencia y adherencia a la protesta social contra la precarización de la vida es tan fuerte para los y las de abajo que hemos decido hacer todo para no volver a soltar el derecho que tenemos de pensar y realizar otra forma de vida. Este espíritu de rebeldía ha dado cabida al surgimiento de cientos de asambleas y cabildos territoriales, donde las comunidades comparten ollas comunes, reflexiones y orientaciones para el momento que vivimos. La reconstrucción de un tejido social como el del presente se funda en acciones de apoyo mutuo contra la doctrina represiva del partido del orden. Además, la incesante batalla comunicacional que emprenden los medios de contrainformación, desmontan la maquinaria de la inseguridad que transmiten los canales de televisión y radios que pertenecen a los grandes grupos empresariales, pieza clave para sostener la lógica del miedo.

No es sorprendente que a partir del 18 de octubre existan más de 30 muertos, miles de heridos/as, cientos de torturados/as, decenas de violaciones, más de 400 personas mutiladas con traumas oculares, 22 mil personas detenidas, más de 2.500 en prisión preventiva y cerca de 45 a quienes aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado. Los casos de Gustavo Gatica y Fabiola Campillai son emblemáticos por el nivel de daño ocular provocado por los agentes del Estado que les privó de la vista.

Hoy como ayer nos toca ejercer la solidaridad activa con las/os presos/as políticos/as, y pese a que el tren de la nueva constitución, fraguado en un acuerdo sin participación del pueblo, se vislumbra como la salida para el conflicto de clases que se ha desatado, sabemos que las transformaciones que anhelamos no serán impuestas desde arriba ni emanarán desde una nueva carta constitucional. Desde la vereda libertaria, debemos expandir nuestra propaganda a través del ejemplo y la palabra, organizando y activando trabajo territorial con el pueblo movilizado.

El “oasis chileno” se derrumba. A cuatro meses de iniciado el estallido social, miles de personas siguen dando la lucha, y ya no sueñan con un mundo distinto, sino que lo están creando paso a paso, demostrando que se avanza sin miedo y que no retrocederán “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Escrito por Erupción, boletín anarquista de análisis desde América Latina.

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