Apuntes inacabados en y de la pandemia

Nota introductoria: El presente texto se escribió, al inicio del confinamiento -no respe­tado- por la pandemia en territorio italiano. Es importante mencionar, que ahora, al inicio de lo que los expertos llaman fase de 2 para la “vuelta a la normalidad” es cuando se comenzarán a plas­mar en la vida cotidiana los avances del control social de los que se habla en el texto. Ejemplo de esto son los drones controlando “aglomeraciones” en los parques, policías haciendo controles a quie­nes no llevan la mascarilla o las nuevas apps de rastreo de las personas positivas al COVID-19.

La pandemia del COVID-19 es el enésimo síntoma de un sistema en­fermo. En este texto concretamen­te no vamos a intentar entender las razones científicas del virus, no somos ni que­remos ser científicos. No vamos a intentar en­contrar el origen del virus. Para encontrar las causas, provocadas expresamente o no para este momento, debemos apuntar a los pilares del sistema en el que vivimos.

Todo tiempo histórico y toda forma de vivir ha tenido sus enfermedades. Así como en el siglo XIV la peste asoló el continente euro­peo, fruto también de un modo de vida, en el siglo XXI llega un desafío para el ser humano que pensaba ser capaz de controlarlo todo. Un virus que deja al descubierto la fragilidad de la vida humana, sobretodo la occidental. Hay que decir pero que la muerte, en determinados lugares del planeta, es para el ser humano una parte más de lo que llamamos vida, no así para el humano medio occidental.

El COVID-19 en particular, pero en general todas las enfermedades, está ligado entonces a las condiciones sociales, higiénicas, ambientales y a las relaciones entre individuos que vivimos.

Esta vez, pero, para imponernos una rea­lidad cada vez más totalitaria no nos encontra­mos delante de la situación que algunos habían planteado antes, quizás tampoco de manera desacertada completamente, como podía ser el ascenso del fascismo. Ahora nos encontramos que para justificar el control total de cualquier movimiento está la llamada protección civil y las distintas organizaciones que presuntamen­te investigan y velan la salud. Que nuestra idea de salud difiere tantas veces frontalmente de la que tiene el dominio, nos parece claro y sería un argumento para afrontar en otro momento. Un pretexto sanitario que nos niega la poca li­bertad que podíamos ejercer de manera colec­tiva, que nos niega las distintas relaciones hu­manas que podíamos establecer y que llena de paranoias nuestra determinación. Además es también esta alerta sanitaria la que los distin­tos estados, viendo también ver caer su poder de decisión frente a las grandes organizaciones mundiales como la OMS o grandes coaliciones empresariales, intenta realzar -consiguiéndolo muchas veces- el sentimiento de unidad nacio­nal, llegando de esta manera aplacar las voces críticas.

El avance del sistema tecnoindustrial y el control social

Se necesitaba un brusco golpe en la mesa para aplicar, de forma generalizada, lo que ya hace décadas estaban intentado imponer. A modo de ejemplo, los sistemas de control y trabajo que están surgiendo como un modo de solucionar la pandemia del virus. Aunque hay que decir que el sistema tecnológico avanza implacablemente ya desde las primeras cone­xiones de Internet por allá el 1983 y su ya más amplia difusión a mitad de la década de los noventa, nunca antes el dominio (con todo su aparato tecnológico) se había encontrado fren­te a una situación como la que vivimos. Sin el avance de tecnologías como el ya mencionado Internet, los varios aparatos así llamados smart, o demás herramientas para el control -primero militar y después social- como GPS, sería im­posible gestionar la situación actual, obligando al confinamiento casi total de casi la totalidad de la población. Pero esta situación de pande­mia da una buena excusa para dar ese golpe en la mesa. Con todas las supuestas justificaciones para transformar las relaciones capitalistas a las que estamos acostumbrados en relaciones virtuales (siempre dentro la lógica capitalista), buscando enterrar cualquier atisbo de libertad para crear una seguridad que niega la vida sin un resquicio de pensamiento ni movimiento en contra. Todxs juntxs avanzando hacia la nueva esclavitud tecnológica.

Uno de los aspectos del que se está ha­blando más, evidentemente por su propio in­terés, es el caso de lo que llaman teletrabajo, o tortura desde casa. En este caso se sucede de la misma forma la agudización del control. Fue primero con la aparición de la división científi­ca del trabajo, primero de la mano de Taylor y después de constatar la organización fordiana en las fábricas y que, porque no decirlo, tuvo la culminación en los campos de exterminio nazi. Llega después la aparición de Internet y las tecnologías informáticas que nos llevan al control total y por lo tanto también a la total explotación. La eliminación de la mediación humana que es sustituida por el control a dis­tancia, que hace también que la identificación del jefe de turno y por lo tanto del enemigo sea más difícil, crea una masa de trabajadoras a dis­tancia que siguen produciendo pero no tienen la parte de la socialización que nos podría lle­var a rebelarnos contra ésta.

Esto mismo está pasando con las es­cuelas. Desde el inicio de la pandemia distin­tas universidades y colegios han continuado parcialmente las clases, mediante las distintas conexiones virtuales. En un principio se decía que era una situación excepcional, ahora pare­ce será la norma en los próximos meses. Si ya históricamente los centros de estudio habían sido potenciales epicentros de conflicto, con las clases desde casa se elimina la posibilidad de relaciones humanas que puedan cuestionarse de manera colectiva el orden imperante.

El virus ha sido solamente la perfecta ex­piación para presentar a la opinión pública y a la población en general medidas, apps, nuevos métodos de “comunicación” tecnológica, como el único futuro viable para sobrevivir. Si antes éstas podían tener un mínimo de oposición por parte de algunos sectores sociales, izquier­distas por ejemplo, nos encontramos ahora que el poder tiene vía libre para aplicar la seguridad -suya- que estas conllevan. Además, como ya ha sucedido en el seno del gigante asiático, éstas se vuelven indispensables para acceder a deter­minados “servicios” sociales. Se refuerza así la exclusión de la vida social, del sistema de pro­ducción y también de lo que el Estado entiende como cura, de determinados sujetos que o bien no quieren someterse al juego tecnológico o bien están incapacitados económica o social­mente para acceder a este tipo de requisitos. Lo que en algunos lugares se había convertido en un fetiche -tener el nuevo smartphone, el últi­mo aparato de Google, etc.- se convierte cada vez más velozmente en una necesidad para in­teraccionar con otras personas, para acceder al enésimo trabajo de mierda o para subir al mal­dito autobús.

Sobre el estado de emergencia

Lo que antes se podía vivir solo en pe­queñas situaciones, aplicado solamente a quie­nes eran no aptos para ser buenos ciudadanos, migrantes pobres y sin papeles, rebeldes y re­volucionaras de todo tipo, hoy se generaliza a toda la población. Algunas estamos ya más o menos habituadas pues a registros, seguimien­tos, escuchas de vario tipo, etc. Otras se dan cuenta ahora de las bondades de las democra­cias liberales. Es cierto que se aplica más feroz­mente el control a quien, por distintas razones, se atreve a romper el confinamiento. Es cierto también que las medidas del estado de emer­gencia son más estrictas y se refieren al com­pleto de la población y no solamente a grupos más o menos reducidos como los que hemos enumerado anteriormente. Aun así, no vemos nada especial a remarcar en esto. El Estado no es un ente inmóvil, sino todo lo contrario. A lo largo de la historia se ha ido modificando según las necesidades del momento. Durante la década de los 50 y 60 del siglo XX si todos los estados europeos asumieron posiciones más moderadas en cuanto a la temática social, no fue porque estos estaban preocupados por sus ciudadanos sino que la situación política y social con distintas formas de determinada oposición sumado a la presión de la presencia y propaganda de la Unión Soviética le obligó a hacerlo. Este ejemplo es solo para ilustrar las modificaciones que el Estado se autoaplica si le es necesario para continuar con su dominio. Es por esto que no debe sorprendernos y no pode­mos quedarnos en los discursos sobre la emer­gencia del Estado. Aplicar o no el estado de emergencia es una herramienta más, de las mu­chas que dispone para perpetuar su dominio, y que decide en ejercer o no según si conviene. En este caso, con una escasa oposición social, llena de miedo hacia un enemigo invisible, no les podía ir mejor.

Sobre la cuestión humana

La pandemia del COVID-19 nos está llevando a un punto de no retorno, en muchos aspectos, más allá de las nuevas medidas de control social que los distintos Estados alre­dedor del mundo están testando con todas sus particularidades. Como decíamos, la pandemia nos llevará a un punto de no retorno. Uno de los aspectos que nos parecen a destacar es la cuestión de las relaciones sociales. Así como por allá la década de los 90 del siglo pasado el VIH cambió nuestra percepción de las relacio­nes sexuales, ahora el COVID-19 cambiará nuestra percepción de las relaciones humanas.

No queremos entrar aquí en el hecho que muchas de las formas que algunas personas en­tienden como socialización- bares, estadios de fútbol, discotecas -, permanecerán, seguramen­te cerradas por un tiempo. Pero volviendo a la cuestión, se nos ha dicho, a través del gobierno de turno, los especialistas médicos, la Organi­zación Mundial de la Salud, que para prevenir el contagio es mejor quedarnos encerrados en nuestras casas (quien la tiene, claro está), que debemos mantener un metro de distancia con las personas con las que nos relacionemos. A estas “recomendaciones” les ha acompañado, alrededor del mundo, las diferentes sanciones y amenazas jurídicas para quién se atreva a no respetar lo que dicen distintos gobiernos y or­ganizaciones científicas, aún sin saber el por qué exactamente de todo esto. La mayoría de las personas, entre ellas compañeras y compa­ñeros, han obedecido. Algunas apelan a un sen­tido de responsabilidad, que en cierta manera entendemos, tampoco vamos a mentir, hacia sus seres queridos que podrían ser entendidos como lo que los expertos llaman “población de riesgo” es decir, personas de edad avanzada, con otras patologías ya en curso, etc. Otras de estas personas -las que están respetando los distintos decretos- apelan más allá de sus seres queridos, a un sentido de responsabilidad colectiva para luchar contra el virus, hecho completamente imposible con estos métodos.

La cuestión en este punto es el hecho que de las dos maneras vemos en quien pasea a nuestro lado en el parque, a quien está detrás nuestro en la cola del supermercado como un posible portador del virus. Este sentimiento de aversión hacia las demás, seguramente genera­do por el miedo a contraer el virus no se irá en cuanto las autoridades de turno decidan levan­tar las medidas restrictivas de confinamiento o los distintos estados de emergencia. El miedo permanecerá dentro nuestras cabezas por un tiempo de bien seguro, cambiando el modo de relacionarnos entre nosotrxs, la concepción que tenemos del amor, del cariño físico no solo con nuestras personas más cercanas. Miedo de hablar “más cerca del debido” con una perso­na desconocida, miedo de sentarse al lado de otra persona en el autobús, de cruzarte por la calle demasiado cerca con otro ser humano. Un mundo frío donde despedirse con un abrazo podrá entenderse como una tentativa de homi­cidio. El ansiado sueño del Capital, un mundo vacío de amor, donde las personas salen de casa solamente para ir a producir o consumir, siem­pre volviendo apresuradamente con el miedo de encontrar el vecino de turno que intenta es­tablecer una conversación.

Y cuando todo parece perdido…

Ante esta nueva situación en la que nos encontramos, donde el miedo y un enemigo invisible tienden a justificar determinadas pos­turas autoritarias y donde la figura del Estado parece estar casi libre de crítica, en cuanto ad­ministrador (mal administrador eso sí) de los llamados servicios públicos como la sanidad, las anarquistas debemos continuar enfren­tándonos contra lo que llevamos más de dos­cientos años haciendo. Como lo hemos hecho siempre, con la crítica y la acción, en sus más amplias vertientes.

En lo que llevamos de confinamien­to pero también en los tiempos que vendrán, donde parece que los periodos de restricciones de movilidad parcial o total están ya bastante claros, hay que apostar decididamente por el hecho que debemos salir a la calle, bien sea a nivel colectivo o en otro formato tampoco des­conocido, individualmente o en pequeños gru­pos. Y ante esta decisión, la de salir a la calle, hay dos factores que intentarán impedírnoslos, unos apelaran a la “responsabilidad social”, al hecho que hay que impedir la expansión de los contagios para así evitar “males mayores” o lo que es lo mismo, la muerte de algunas personas. El otro factor al que apelarán algunos es la más que obvia represión por parte del Estado, visto que éste ha prohibido el hecho mismo.

Ante el primer factor, el de la “responsa­bilidad social”, hay que contraponer lo que en otras veces hemos ya llevado a cabo. La vida y la libertad es todo lo contrario a quedarse en­cerrado en casa temerosamente. La vida y la libertad es ponerse a una misma en juego, es arriesgar por lo que uno cree, es la conciencia que se hace movimiento. De hecho lo hemos dicho siempre.

Con la segunda, la oposición del Esta­do, es simple. El Estado ha siempre velado por sus propios intereses que nunca coinciden con los nuestros. Si nos dejamos llevar por el miedo que intentan imponernos, el mecanismo del dominio nos ha ya vencido.

El aumento constatado del totalitaris­mo, sin la suave imposición que caracteriza las democracias liberales (europeas al menos) nos llevará a una polarización social, por una par­te quienes ciegamente defenderán el Estado y sus leyes y quienes hartos y hartas y empujados por una necesidad económica o social deciden romper el confinamiento. De hecho esto está ya sucediendo y basta solo alguna conversación en sitios dónde ya está de hecho prohibido es­tar, como parques o en los barrios populares. Esta polarización podría llegar, también si no­sotros empujamos fieramente a ello a una ex­plosión social. Pero esto es siempre una cues­tión de proyección. Y la nuestra, con todas las complejidades, se ha basado hasta el momento y no debería cambiar, en una busca constante de la cualificación del ataque aquí y ahora.

Este desierto humano en la tierra que Es­tados y grandes empresas están intentado crear es el más peligroso de los mares para cualquier amante de la libertad y contra el que deberemos batirnos, contra viento y marea pero con más pasión y determinación de la que hemos nece­sitado hasta ahora. Y con una sola brújula: la libertad.

Publicado originalmente en revista Kalinov Most n° 6

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